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sábado, 31 de julio de 2021

Prostitución medieval: el burdel de Valencia cuya fama atrajo clientes de toda Europa del siglo XIV al XVII

 

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En Valencia, Jaime II decidió concentrar a todas las meretrices en un sector periférico de la ciudad El oficio más viejo del mundo siempre ha sido objeto de polémica. Y de intentos de reforma, tendientes a organizarlo y controlarlo. El debate legalización versus prohibición es casi tan viejo como el métier. Para la mayoría de los gobernantes era un mal necesario. 

Incluso la Iglesia lo veía de ese modo y se resignaba a tolerarlo, siguiendo la sentencia de San Agustín: “Quita las sentinas en el mar o las cloacas en el palacio y llenarás de hedor el palacio (o el barco): quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía” (La Ciudad de Dios). Según la revista de Historia Herodote.net, en Francia, el rey San Luis que era extremadamente piadoso, no aceptó este enfoque tolerante y decretó en 1254 que las “mujeres de mala vida” fueran expulsadas de las ciudades y sus bienes confiscados. 

Pero al poco tiempo debió rendirse ante la evidencia. Su orden no fue cumplida. Se resigna entonces a sacarlas de la vía pública y alejadas del centro y de las iglesias, en casas ubicadas al borde del río Sena, lo que dará origen al término burdel: “bord d’eau” (al borde del agua) derivará en la palabra francesa “bordel”. En toda Europa occidental se toman medidas similares a partir del siglo XIII: las nacientes municipalidades quieren enmarcar la prostitución y en lo posible circunscirbirla a casas o prostíbulos. Algunas de estas mujeres ejercían también el oficio en baños públicos, al estilo de los hammams orientales, muy numerosos en la Edad Media. La tendencia, más marcada a partir de mediados del silgo XIV, es al control de esta práctica por las autoridades municipales en general a través de la creación de casas públicas o prostibulum. 

 “Un mal necesario mediante el cual controlar los impulsos más primarios de jóvenes ansiosos y evitar que ejercieran la violencia contra las ‘mujeres honradas’, como eran conocidas por entonces las damas que no vendían su cuerpo por dinero”, decía un artículo de Manuel Villatoro sobre el burdel de Valencia en el diario español ABC. Con ese fin, las grandes ciudades medievales españolas empezaron a abrir burdeles a partir del siglo XIII, como pasó en Francia.

 La finalidad no era sólo el control sino también erradicar la práctica de ciertas zonas de la ciudad, las más transitadas, y relegarla a calles periféricas. Tanto Sevilla como Barcelona, entre otras ciudades, tuvieron prostíbulos intramuros, pero el más destacado y cuya fama trascendió fronteras extendiéndose por toda Europa fue el de Valencia, en el reino de Aragón. Los motivos de esta trascendencia fueron de dos categorías: cantidad y calidad. Llegó a tener 200 meretrices trabajando allí, instaladas en casas y hostales, cuidadas y vigiladas. Entre 1229 y 1245, la Corona de Aragón había emprendido la reconquista de Valencia, ocupada por los moros, y su anexión al reino.

 “Ganada la capital al Islam y ocupada por los cristianos, las prostitutas se instalaron en Valencia, como podía hacerlo un tabernero, un zapatero o cualquier profesional”, dicen José Ignacio Fortea, Juan Eloy Gelabert y Tomás Antonio Mantecón en Furor et rabies: violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna (citado por Manuel Villatoro). La prostitución se ejercía en calles, posadas y hostales. Nada nuevo bajo el sol. Pero en el año 1321, el rey Jaime II emitió una advertencia oficial: “Que ninguna mujer pecadora se atreva a bailar fuera del lugar que ya tiene habilitado para estar”; indicio de que ya existía el célebre lupanar oficial de Valencia. En concreto, desde ese momento quedó establecido que las mujeres públicas debían abstenerse de ejercer la prostitución en cualquier calle. 

 El burdel habilitado por el rey estaba ubicado intramuros, pero en un sector distante del centro urbano, según el libro citado. Cerca de la morería -el gueto de los árabes que permanecían en las ciudades reconquistadas por los cristianos- y de quienes ejercían otras profesiones consideradas insalubres. El burdel, que funcionaba como una comunidad, dirigida por un Regente, se mantuvo activo durante tres siglos, siendo su momento de esplendor a finales del siglo XV. Un cliente que lo visitó en 1501 dijo que vio entre 200 y 300 meretrices en el lugar, cifra que los historiadores consideran algo exagerada; se cree que había alrededor de un centenar. “La mayoría procedían de otros reinos o localidades, quizá para eludir problemas personales o familiares”, dicen los autores de Furor et rabies... Incluso se las apodaba de acuerdo al origen: “la aragonesa”, “la murciana”, por ejemplo. 

 La mujer que quería ejercer el oficio debía ser mayor de 20 años y tramitar una licencia especial al “Justicia”, el funcionario que se ocupaba de los asuntos civiles o criminales. Económicamente era ventajoso estar en el burdel oficial: se ganaba casi el doble que por la libre. La jornada no tenía horarios definidos, pero sí una mayor afluencia de clientes hacia el atardecer, cuando concluía la faena del día y los hombres buscaban distracción. 

También se intensificaban las prestaciones en días de ferias o mercados que atraían visitantes de lso alrededores. Eso sí, se respetaban los “días de guardar”: en Semana Santa y en las festividades de la Virgen, el lupanar valenciano cerraba sus puertas y las meretrices eran llevadas a un centro religioso. Otra norma estricta era la prohibición de trabajar antes de la misa del domingo, so pena de multas elevadas. Estas “vedas” en fechas sacras y previas al rito dominical eran impuestas por la Iglesia en casi toda Europa. Lo gracioso, destaca Villatoro, es que en esos retiros espirituales se intentaba que las mujeres dejaran el oficio y hasta se les ofrecía ayuda para rehacer sus vidas, conseguir marido y asentarse. Una visión social de avanzada. 

 El prostíbulo no era un edificio sino un mini barrio de varias calles con una quincena de hostales y muchas casas. Las prostitutas que obtenían la licencia para ejercer alquilaban una habitación en los hostales o una vivienda. Los caseros eran los que dirigían el lugar. “Cada mujer cuidaba de su casita con esmero, blanqueando su fachada, poniendo flores y arreglándola según su gusto”, dicen los autores de Furia…” Se veía a estas mujeres sentadas en la puerta esperando a sus clientes. La situación más ventajosa era la de las que tenían una de estas viviendas, ya que eso les daba cierta autonomía; escapaban un poco más a la vigilancia de los hostaleros.

 Los caseros y hostaleros eran los que tenían el verdadero poder en el lugar: se ocupaban de contratar a las prestadoras, acordar la distribución de las ganancias, facilitar trámites ante las autoridades, intervenir en caso de peleas entre clientes o agresiones a las mujeres, prestarles o adelantarles dinero y asistirlas en caso de enfermedad. Los préstamos funcionaban como cepo ya que ninguna mujer podía dejar el prostíbulo si tenía una deuda: otra práctica que no ha perdido vigencia como a diario se verifica en nuestros días en los casos de trata de mujeres. Se controlaba que no ingresaran armas al lugar, y al cliente que causaba problemas se le vedaba la entrada en el futuro. Eran frecuentes los hurtos a las prostitutas: joyas, vestidos y otros elementos. Pero el burdel tenía una sola salida, lo que facilitaba el control de este tipo de infracciones al orden.

 El encargado de administrar justicia en ese pequeño mundo era el Regente. A los visitantes del lugar, en especial extranjeros, les llamaba la atención el orden, el cuidado de las casas y la ausencia de sordidez, habitual en este tipo de sitios. A mediados del siglo XVII, Fray Pedro de Urbina, arzobispo y virrey de Valencia, ordenó el fin de la prostitución y dispuso que las mujeres que ejercían el oficio pasaran al servicio doméstico o regresaran a sus casas. De lo contrario, serían expulsadas de la ciudad. Esto marcó el fin del célebre prostíbulo. 

En 1671, las últimas prostitutas del lupanar fueron llevadas al monasterio de San Gregorio. Eran apenas siete y fueron convertidas por el jesuita valenciano P. Catalá: “Aquellas siete pecadores se convirtieron en siete ángeles”, según un cronista de la época. Previsiblemente, el cierre del lupanar resucitó la prostitución callejera y causó un brote de enfermedades venéreas. Durante su larga existencia el lupanar de Valencia fue uno de los mayores atractivos de la ciudad. Como se dijo, otras ciudades también legalizaron la prostitución en aquellos tiempos. El lupanar de Sevilla se abrió en 1337, el de Barcelona en 1448 y el de Murcia en 1444. La ordenanza murciana mandaba por ejemplo que “que todas las malas mujeres rameras” salieran “de la ciudad de entre las buenas mujeres e se vayan al burdel”.

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