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lunes, 3 de mayo de 2021

Argentina y Uruguay: tres siglos en una entrevista

MONTEVIDEO (Uypress) – El reciente debate entre los presidentes de Argentina y Uruguay en una cumbre de jefes de Estado del Mercosur trajo al recuerdo la historia de una relación que ha tenido mucho de tormentosa. Hagamos un repaso, de la mano del historiador Alejandro Giménez Rodríguez.
Zabala no quería, pero... Buenos Aires, nacida en su segunda creación en 1580 por Juan de Garay, un siglo y medio antes que Montevideo, no tuvo problemas en demorar la instalación de un puerto en la conocida como Banda Oriental del Uruguay, dado que el gobernador Bruno Mauricio de Zabala desconoció la orden del rey Felipe II, comunicada por lo menos en cinco cartas, en los primeras dos décadas del siglo XVIII, sabedor que podía constituirse en una competencia para la hoy capital argentina.

 En 1680 Manuel de Lobo había impulsado la fundación de Colonia del Sacramento por parte de los portugueses, y era claro que si estos lograban poblar una bahía natural tan favorable como la de Montevideo, peligraba el dominio español de esa costa hasta los dominios del actual Brasil. Zabala se decidió a actuar y luego de desalojar a las fuerzas lusitanas del lugar, ordenó erigir las fortificaciones de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, en un proceso fundacional que se extendió hasta el 1º de enero de 1730, con la instauración del Cabildo de la novel población, convirtiéndola en una de las pocas en el mundo sin una fecha concreta de nacimiento. Aquella aldea que poblaron porteños y canarios en su génesis se convirtió en puerto, potenciado por los ilustrados monarcas borbones, que lo eligieron como uno de los autorizados para el comercio de ultramar, según el Reglamento de Libre Comercio de 1778, y en el único habilitado en la región para el tráfico de esclavos desde 1791. En la medida que se consolidaba la actual capital uruguaya como el puerto más importante de la región, se afirmaba entre las hoy dos urbes más importantes del Plata una confrontación que es recordada como "lucha de puertos", y que es fundamental para entender los sentimientos localistas de ambas márgenes. La medida del Consulado de Comercio de Buenos Aires del cobro del impuesto de almojarifazgo a los productos que ingresaban a ese puerto también establecía que no podía ser percibido por Montevideo, si es que la embarcación seguía para nuestras costas, lo que buscaba desestimular el pasaje de las naves por las orillas platense y atlántica de esta banda. Hasta hubo un proyecto de creación de otro puerto más al sur de la ciudad porteña, en la Ensenada de Barragán, lo que nunca se concretó, que pretendía afectar la actividad comercial montevideana.

 Las Invasiones Inglesas al Rio de la Plata a inicios del siglo XIX muestran a los montevideanos recuperando la ciudad bonaerense para la corona española en 1806, lo que la historia llama "Reconquista", no teniendo los porteños una actitud recíproca en ocasión de la toma y dominación británica de Montevideo, que se extendió entre febrero y setiembre de 1807. Nuestro prócer José Artigas tuvo una enconada rivalidad con Buenos Aires, que llega a pedir su cabeza y lo denosta en el libelo de Feliciano Sainz de Cavia en 1814. Su proyecto de Liga Federal en 1815 cuenta con el apoyo de varias provincias argentinas (Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe), que luego lo abandonan en el Tratado del Pilar de 1820, para adherir a la causa porteña.

 El proceso de independencia de Uruguay tiene en 1825 a Juan Antonio Lavalleja en una proclama hablando de "Argentinos orientales: Llegó el momento de redimir vuestra amada Patria de la ignominiosa esclavitud (...) La gran nación argentina, de la que sois parte, tiene gran interés en que seáis libres (...)". La guerra entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas deriva en la génesis de una nueva nación, que ya desde la Convención Preliminar de Paz de agosto de 1828 entre ambos contendores, con la mediación inglesa, nacía como un país sin límites territoriales y de "fronteras secas", al no hablarse de sus derechos con respecto a la libre navegación de los ríos. La llamada Guerra Grande asiste al entrecruzamiento de guerras civiles. Blancos - Colorados en Uruguay y Unitarios - Federales en Argentina, con la alianza entre Blancos y Federales en el campo sitiador, y Colorados y Unitarios en la Defensa de Montevideo. Haciendo un salto en el tiempo, los problemas limítrofes agravados por la conocida como "Doctrina Zeballos", en alusión al ministro argentino que la impulsó, que reafirmaba a fines del siglo XIX aquello de "frontera seca" de Uruguay, tampoco tuvieron solución definitiva con el Protocolo Ramírez-Sáenz Peña, pese a que planteaba un statu-quo sobre la cuestión. Hasta el enfrentamiento deportivo puso en riesgo la relación entre ambos países, cuando la final del primer torneo mundial de fútbol en Montevideo en julio de 1930, que Uruguay ganó a Argentina, casi provoca la ruptura de relaciones diplomáticas, dado las quejas de los dirigentes albicelestes de juego desleal por parte de los locales. 

 Y en eso llegó Perón Los inicios de los años cuarenta del siglo pasado encontraban al planeta en plena Segunda Guerra Mundial y al Río de la Plata en cambios profundos a nivel político, social y económico. Uruguay vio caer el batllismo, luego de la muerte de José Batlle y Ordóñez en octubre de 1929 y el surgimiento de la dictadura de Gabriel Terra en marzo de 1933, que vería el principio del fin de esa propuesta autoritaria en febrero de 1942, cuando su sucesor Alfredo Baldomir impuso el llamado "golpe bueno", que auspició la vuelta de la democracia en el país con la presidencia de Juan José de Amézaga, en marzo de 1943. Luego del derrocamiento del presidente radical Hipólito Yrigoyen en setiembre de 1930, Argentina había sufrido la denominada "Década infame" de gobiernos militares, y a partir de 1938 un intento de retorno a la democracia comandado por los radicales. Un golpe de estado militar en junio de 1943 a ese proceso le devolvió el poder a las fuerzas armadas, consolidándose el general Edelmiro Farrell en la presidencia, con una figura que cambiará la vida de esa nación: el entonces coronel Juan Domingo Perón. Desde su cargo de Secretario de Trabajo y Previsión, Perón comenzó un acercamiento a los sectores obreros, lo que en menos de dos años lo convertiría en un posible líder político de las masas desposeídas, pero que también le valdría la oposición de los sectores empresariales y de la embajada de Estados Unidos.

 Mientras tanto, del otro lado del río Amézaga representaba el retorno de las concepciones batllistas al poder, las que treinta años antes habían impulsado el reformismo social y económico, que trajo un Estado de bienestar para los sectores bajos y medios, incrementados en su número por la inmigración europea, un fenómeno común a ambas márgenes del Plata. Pero las adhesiones a nivel internacional eran bien distintas. Perón simpatizaba con el eje nazi-fascista en la confrontación mundial y con el franquismo gobernante en España. Luego de una rebelión popular el 17 de octubre de 1945, que pidió su liberación- había sido apresado por el mismo gobierno militar que ya lo veía como una amenaza a las clases dirigentes -llegó por elecciones a la presidencia argentina en 1946, constituyéndose el peronismo como una opción política destinada a tener un papel protagónico en la historia de ese país. 

 En cambio en Uruguay crecía la adhesión al panamericanismo de Estados Unidos, llegando a proponer el canciller Eduardo Rodríguez Larreta en 1945 flexibilizar el no intervencionismo en caso de dictaduras en países vecinos, en directa alusión a la inminente llegada de Perón al poder. Acusado por la mayoría de la clase política uruguaya de liberal y expansionista, el futuro mandatario argentino tenía un apoyo aquí, que era el de Luis Alberto de Herrera, dirigente nacionalista que se había opuesto a la instalación de bases militares en la región por parte de Estados Unidos durante la guerra, y que fue presencia permanente en la realidad política nacional durante seis décadas, además de abuelo de un presidente y bisabuelo de otro, el actual mandatario Luis Lacalle Pou. 

 Una entrevista llena de símbolos y significados Perón asumió como presidente argentino en junio de 1946, no contando entre los asistentes al cambio de mando con la presencia de su par uruguayo Amézaga. Para muchos, esa fue otra señal. En las elecciones de noviembre de ese año en Uruguay no faltaron las acusaciones a Perón de apoyar al herrerismo y estar en contra del Partido Colorado, que gana esos comicios. En marzo del año siguiente asume la presidencia Tomás Berreta, pero cinco meses más tarde fallece. Luis Batlle Berres era el vicepresidente y asume el mando. Si bien coinciden ambos gobernantes del Plata en las políticas industrialistas sustitutivas de las importaciones propias de la posguerra y hasta en la crítica al proteccionismo estadounidense, las discrepancias afloraron pronto en cuanto al culto a la personalidad impulsado por Perón y su esposa Evita, y la censura y persecución a medios de prensa y dirigentes opositores, además del otorgamiento de asilo a exmilitares nazis refugiados en el país vecino.

 Como había temas históricos pendientes para discutir, ambos presidentes acordaron reunirse. Frente a la desembocadura del Río Uruguay, se encontraron el 27 de febrero de 1948 el buque argentino "Tacuara" y el uruguayo "Capitán Miranda", quedando registrado ese momento en un apretón de manos de ambos gobernantes de barco a barco. Fue interpretado ese lugar de encuentro como un reconocimiento a los derechos uruguayos sobre el río, estando cerca de la Playa de la Agraciada, en el departamento de Soriano, en donde desembarcaron los 33 Orientales el 19 de abril de 1825, otro simbolismo. La reunión fue tensa, de acuerdo a lo que puede verse en un filmación de ocho minutos, analizada por el fallecido investigador Luciano Álvarez en un trabajo realizado para el tomo 3 de "Historias de la vida privada en el Uruguay" (Santillana, Montevideo, 1997), titulado "La vida privada a 16 y 24 cuadros por segundo". Álvarez habla de "jeroglíficos visibles", citando a Horace M. Kallen, en cuanto a "discursos, gestos y acciones de intercambio públicos", y leyéndose en segundo plano "los jeroglíficos de lo privado". Así Batlle habla en estilo apasionado y más atrás Perón desatento, saca un cigarrillo de su chaqueta y en el momento de encenderlo, es aludido por el orador, por lo que lo esconde en la palma de su mano, y cuando ya no es mirado, procede a fumar tranquilamente. Con respecto a las primeras damas, Eva y Matilde Ibáñez, argentina de nacimiento, se aprecia que "no existe el más mínimo gesto de vinculo", al decir del autor del citado texto. "Era el aceite y el agua (...) No podíamos ser jamás amigas. 

Yo era una señora de su casa, madre, con una educación completamente distinta, lo contrario de ella (...) Se me nota hasta en la foto que estaba mal, incómoda", relató la esposa de Batlle Berres en una entrevista en 1997. El saludo de Batlle Berres y Perón, de barco a barco, una postal de aquella entrevista en medio del río que fue más ruido que nueces De los temas planteados, solo hubo dos acuerdos: la regularización de un servicio de balsas sobre el Río Uruguay y el ataque de aviones de ambos países a la plaga de langosta- habitual en la época -de las dos márgenes del río. El turismo, tema fundamental en las relaciones bilaterales, quedó sin tratar. En cuanto a la propiedad de las aguas limítrofes, tema de ilustre antigüedad, Perón habría replanteado la concepción de Uruguay como país de "costa seca", lo que habría sido rechazado por el canciller uruguayo Ledo Arroyo Torres. Era evidente que este tema debía ser resuelto previo al del aprovechamiento hidroeléctrico del Salto Grande, que ya estaba en manos de una comisión mixta, represa que se concretaría tres décadas más tarde. 

 Como la historia da vueltas, irónicamente los temas costeros jurisdiccionales quedarán saldados en noviembre de 1973, cuando el presidente argentino Juan Domingo Perón, en su gobierno al retorno del exilio, firma con el ya dictador uruguayo Juan María Bordaberry en Montevideo el Tratado del Río de la Plata, que determina la pérdida definitiva de la Isla Martín García por parte de nuestro país. El insigne historiador Juan Pivel Devoto no vaciló en catalogar a ese acuerdo como "una porquería", en un artículo en el semanario "Marcha". Precisamente la publicación dirigida por Carlos Quijano cataloga el encuentro en el Río Uruguay como "fugaz" y "sport", lo que atentó contra el arribo a soluciones definitivas y completas, mientras los diarios uruguayos mostraban decepción y los argentinos, por ejemplo Clarín, titulaba con los "Trascendentales convenios para Argentina y Uruguay". Jorge Batlle tenía sólo 20 años y acompañó a sus padres en la ocasión. El futuro mandatario recuerda la "tensión evidente" en el ambiente, y que "nos sentíamos maltratados por Perón", aunque reconoció que "la reunión tuvo un valor estratégico para Uruguay". 

 Una relación que siguió siendo conflictiva La implantación de una visa para viajar al Uruguay por parte del segundo gobierno de Perón en 1952, golpe directo al turismo de ese origen; y la llegada de intelectuales del vecino país al nuestro, perseguidos por el régimen gobernante, algunos de los cuales fueron docentes de la Facultad de Humanidades y Ciencias, creada por ley de 1945, son episodios de un conflicto que lejos de superarse, creció durante la administración peronista. En junio de 1955 un intento de golpe contra Perón es apoyado en Uruguay por Radio Carve, lo que provoca la amenaza de su gobierno de bombardeo contra la antena de esa emisora. En setiembre de ese año es derrocado, en la llamada Revolución Libertadora. 

 Ya en este siglo, sobresale el episodio de la papelera finlandesa instalada en Fray Bentos, con el consiguiente bloqueo de puentes binacionales por parte de ambientalistas argentinos y el cruce de denuncias en el Tribunal de Justicia de la Haya, lo que llevó al presidente Tabaré Vázquez a hablar con su colega estadounidense George Bush Jr. de un posible pedido de ayuda militar ante una probable agresión del vecino de todas las horas. Los últimos intercambios de declaraciones entre Alberto Fernández y Luis Lacalle Pou con respecto al funcionamiento del Mercosur han reavivado un fuego siempre encendido, propio de una relación de rivales y hermanos que ya tiene más de tres siglos. Pero esta historia reciente quedará para otra oportunidad. Alejandro Giménez Rodríguez Historiador, docente, comunicador, asesor en la Dirección Nacional de Cultura del MEC

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