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miércoles, 13 de octubre de 2021

El fantástico viaje de Cristóbal Colón: las sirenas del “mar océano”, los malhechores que reclutó y su diario de viaje


 “A las dos horas después de medianoche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas y quedaron con el treo, que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní…”. apuntó Cristóbal Colón hace 529 años en su diario de viaje, que meticulosamente escribía cada noche en su camarote de popa de la Santa María. Desde esa madrugada del viernes 12 de octubre de 1492 hasta el día de su muerte creería haber llegado a las indias. Nunca supo que había tocado las tierras de un nuevo continente.

Tenía 42 años cuando descubrió América. Había nacido en 1451 y era el hijo de un cardador de lana que vivía en una casa alquilada del callejón del Olivo Pequeño, en Cogoletto, el barrio de los laneros en Génova. A pesar de los augurios desalentadores y de las mofas que soportó, fue marino. De muy joven realizó varios viajes en flotas mercantes, y cuando su barco naufragó al ser atacado por piratas, se salvó nadando asido de un madero hasta la costa de Portugal. Se estableció en Lisboa y con su hermano Bartolomé abrió una tienda de venta de cartas geográficas que ellos mismos dibujaban. Y dicen que las hacían muy bien. Este genovés, que nunca se hizo un retrato en vida, habría tenido cabellos rojizos, tez blanca, ojos azules y muchas pecas. 

A los 26 años se casó con Felipa Moniz Perestrello, quien le dio un hijo, Diego. Ella murió en 1485 cuando su esposo recién tenía en mente la empresa que lo hizo famoso. Su suegra le cedió cartas cartográficas de su marido. El viaje a las indias Desde los tiempos del geógrafo y matemático griego Eratóstenes de Cirene, nacido en el 276 antes de Cristo, se sabía que tierra era redonda. Pero Colón pensaba que era mucho más pequeña de lo que realmente es, que Asia era inmensamente grande, y calculaba que el océano que separaba a España de las Indias se lo podía navegar en pocos días. Sostenía que el mundo tenía la forma de una pera o como una pelota redonda “que tuviera puesta en ella como una teta de mujer, en cuya parte es más alta la tierra y más próxima al cielo”, tal como escribió a los reyes luego de su tercer viaje.

¿Cómo llegar a las Indias? Navegaría de este a oeste y acortaría camino. Algunos aseguran que discutió esta teoría con el físico y cosmógrafo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli, quien había trabajado en una idea de atravesar el Atlántico hacia el oeste para llegar a las islas de las especias. Pero el desafío fue hallar quién financiara su novedosísimo proyecto. 

 El primero en cerrarle la puerta en la cara fue Juan I de Portugal. Luego de estudiar la propuesta, su cuerpo de expertos la rechazó porque estaba basada en datos incorrectos. Mientras su hermano Bartolomé hizo un vano intento en la corte de Enrique VII de Inglaterra, pensó en ir a Francia pero se dirigió a España. Contó como aliado el entusiasmo de los religiosos de La Rábida, quienes pensaban en las tareas de evangelización de las nuevas almas que habitarían del otro lado del océano. El duque de Medinaceli, un hombre al que le sobraba el dinero y los barcos, se propuso apoyarlo y se lo comentó a la reina Isabel. La monarca, que en el reino se encargaba de las cuestiones marítimas y su esposo Fernando de las mediterráneas, quiso conocerlo. 

 Con los reyes de España El 20 de enero de 1486, Colón hizo su primera entrada a la corte. La reina se mostró interesada porque la exploración de nuevos mundos le proporcionaría riquezas que usaría para financiar proyectos, como ser la reconquista de Jerusalén. Colón explicó que en las tierras de Indias reinaba el Gran Can, un “rey de reyes”, que en vano había pedido a Roma que le mandase gente para que los educase en la fe cristiana; como no lo hicieron, para él era la oportunidad para emprender dicha misión.

Colón se expresaba muy bien, era simpático y a la reina le cayó muy bien. Y el genovés se sintió a gusto en la corte española. Ya viudo, empezó a intimar con la marquesa de Moya, una de las amigas de la reina y, discretamente, vivió con la bella Beatriz Enríquez de Arana, que le daría un hijo, Fernando. Lo bueno es que comenzó a recibir ayuda económica de la corte mientras expertos analizaban su proyecto. Se tomaron su tiempo, y cuando 1490 finalizaba, le bajaron el pulgar. De nuevo, sin sustento económico, dibujaba mapas y vendía libros de astronomía y geografía. Debía mantener a dos hijos, que solían estar al cuidado de su cuñada, Briolanja Moniz. Pero los curas de La Rábida, que creían en él, volvieron a insistir ante la corte junto con el tesorero de la Casa de Aragón. Pero cuando Isabel dio finalmente su aprobación, Colón pidió que se le concediese el título de almirante del mar océano, el de virrey y gobernador de lo que se descubriese y el diez por ciento del comercio que se generase con España. Le contestaron que no a todo. 

 De nuevo a convencer a la reina, que terminó cediendo. Firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, un instrumento jurídico que formalizaba la relación contractual entre el rey y el particular. A Colón se le otorgó el tratamiento de “don”. La rivalidad con Martín Alonso Pinzón La expedición debía partir del Puerto de Palos, ya que los de Sevilla o Cádiz estaban desbordados de judíos que, perseguidos por la Inquisición, debían abandonar la península. Ese mismo año, los reyes católicos habían expulsado a los moros de España.

En las antípodas de la leyenda de que la reina empeñó sus joyas para financiar el viaje, Isabel decidió -a través de una Real Provisión del 30 de abril de 1492- que los pobladores más calificados de Palos proporcionaran gratis dos carabelas equipadas para una navegación de un año. Y suspendía las causas penales de aquellos que se anotaran para formar parte de la tripulación. Todos protestaron. Unos, porque no deseaban ceder su dinero y los curas por la inclusión de malhechores en una empresa que llevaría la bandera de la evangelización. Además, había que estar loco para embarcarse con un genovés desconocido hacia tierras nunca antes exploradas. 

 El que destrabó el malestar fue Martín Alonso Pinzón. Este adinerado capitán -si bien no se llevaba bien con Colón- era muy querido en Palos, y fueron los franciscanos de La Rábida los que los presentaron. Con el almirante sellarían una alianza en que el primero guiaría la expedición y el otro sería una suerte de segundo comandante. Al conocer que Pinzón sería parte, brotó el entusiasmo. 

 A través de un recorrido por las tabernas de la zona, se logró reclutar a 90 hombres. La mayoría eran españoles y lograron colarse cuatro condenados a muerte, acusados de asesinato. Con el dinero recaudado, Pinzón alquiló dos embarcaciones pequeñas: La Niña y La Pinta. La primera era propiedad de Juan Niño y era la más ligera; en La Pinta se embarcó el clan Pinzón: familia, amigos y marineros fieles. La tercera, alquilada a Juan de la Cosa, era La Gallega, una embarcación de 24 metros de largo y 8 de ancho. Colón la rebautizó como Santa María. ¡Tierra! Con provisiones para un año, el viernes 3 de agosto, a las ocho de la mañana partieron de la Barra de Saltés, frente a la ciudad de Huelva y el 6 de septiembre dejaron atrás las islas Canarias -luego de contratiempos técnicos- y se internaron en el “mar océano”, hacia lo desconocido.

A mediados de septiembre, ocurrió lo inevitable: la tripulación estaba más que impaciente, y los cálculos de distancia que realizaban con Pinzón no sirvieron para acallar las críticas hacia Colón, acusarlo de inexperto y presionarlo para dar la vuelta a España. Los ánimos se calmaron un poco cuando desde La Niña avistaron aves, que nunca se alejaban más de 25 leguas de tierra. El 19 vieron a un alcatraz y de ahí en adelante, todos los días los barcos fueron sobrevolados por distintas aves, pero nada de tierra firme. El 25 de septiembre creyeron avistarla, y hasta se arrodillaron y dieron gracias a Dios. Pero fue una falsa alarma. 

 Fue a primera hora de la madrugada del 12 de octubre que Rodrigo de Triana, en La Pinta, que navegaba adelante, gritó la famosa palabra: “¡Tierra!”. Estaba contento porque se haría acreedor de un premio de diez mil maravedíes prometidos por los reyes al que primero la avistase. Pero la alegría le duró poco: Colón dijo que la noche anterior ya había visto una fogata en la costa. Y el premio se lo quedaría él. Cuando hallaron un lugar adecuado, bajaron en botes. Colón lo hizo junto a Martín Pinzón, su hermano, Vicente Yáñez y los notarios Rodrigo de Escobedo y Rodrigo Sánchez de Segovia, que debían tomar nota de todo.

Sosteniendo el estandarte real, en la arena desconocida de un mundo nuevo, Colón le dio el nombre de San Salvador. Se cree que llegó a la isla Watling, en las Bahamas. Para él, estaba en Cipango, el nombre que entonces se le daba a Japón. Los indígenas, espectadores de una escena para ellos increíble, se fueron acercando tímidamente. Les llamaba la atención las largas barbas. Colón asentó en su diario que estaban “todos desnudos como su madre los parió”. Los europeos los obsequiaron con bonetes colorados, cascabeles y cuentas de vidrio que los indígenas se colgaban del cuello. Y ellos correspondieron con papagayos, hilos de algodón y alimentos. No conocían las armas, a tal punto que tomaban las espadas por el filo y se cortaban las manos. En su diario de viaje, Colón fantaseó con detalles que lo habrán impactado. 

Dijo que el martes 8 de enero de 1493, remontando un río, había visto tres sirenas que no eran lindas como las pintaban y que tenían rasgos de hombre. Hizo un total de cuatro viajes al Nuevo Mundo, y en el último, cuando regresó, debieron ayudarlo a bajar por su artritis y su gota. Aun reclamaba a la corona dinero atrasado y los títulos de virrey y gobernador. Pero la reina Isabel había fallecido en 1504 y con su hija no se podía hablar. Por algo pasaría a la historia como Juana la Loca. Colón se fue a Valladolid, donde falleció el 20 de mayo de 1506 y fue enterrado en el Monasterio de San Francisco. Como sus restos sufrieron varios traslados, no se sabe a ciencia cierta dónde descansa ese genovés, hijo de un cardador de lana que, a pesar de todo, cumplió su sueño de ser marino.

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