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jueves, 10 de junio de 2021

Los nietos de los que vinieron en los barcos se están yendo en avión porque el gobierno de Alberto Fernández no deja de expulsarlos

 

La periodista y conductora se refirió a la degradación de la palabra presidencial tras los polémicos dichos de mandatario argentino junto a su par español Pedro Sánchez
Cristina Pérez Por Cristina Pérez 10 de Junio de 2021 

 Quiero decirles con un poco de irreverencia que esto no empezó acá. El primer “frente de confrontación internacional” que tuvo el Presidente, como lo llamó en su momento Miguel Wiñazki, fue durante una conferencia junto a José Pepe Mujica en la Universidad Tres de Febrero. Ese día Alberto Fernández, flamante presidente electo, refutó duramente a Bugs Bunny al que llamó un “gran estafador” y reivindicó al Coyote frente al Correcaminos. Además, criticó al ratón Mickey porque un día descubrimos que, literal, “un ratón tenía un perro”. 

Ese era Pluto. Esto es todo verdad. Esto ocurrió. Para buscar esto puse en Google: Alberto Fernández, Pluto, Mickey, Coyote, Bugs Bunny. Y me dió un poco se vergüenza. Pobre Pepe Mugica en ese momento. Esto empezó así, señores. ¿Qué nos llama la atención ahora? Qué nostalgia da esa época donde los ofendidos eran los dibujos animados, ¿no? Tragicómico. Después comenzó la fase de ofender a la Constitución, a periodistas, a opositores, a jueces. Ayer nomás prácticamente el presidente incitó a tomar tierras diciendo que no tiene sentido tener tierras improductivas en nombre de la solidaridad.

 Pero claro, la escalada del presidente hasta saltó la grieta. ¿Se acuerdan cuando llegó a defender a los vacunados VIP porque no era delito saltarse de la fila cuando la vacuna significa que te salves o que te mueras? Y ahora, no contento con sus recientes ofensas como “el personal sanitario se relajó” o “los chicos discapacitados no entienden”, se despachó contra la Patria Grande en pleno: borró de un plumazo a las comunidades originarias de nuestro país y descalificó a mexicanos y brasileños en una mezcla de ignorancia y desatino. 

O como lo que piensan en este momento en los países hermanos, racismo. Veamos. Primero, hay que saber que le adjudicó al Nobel de Literatura Octavio Paz una estrofa de Lito Nebbia. Sin desmerecer a Lito Nebbia. Dicho esto, a quién le pertenece la letra es lo de menos en este caso. Aún cuando Paz inesperadamente y en un acto de delirio hubiera afirmado que los mexicanos salen de los indios y los brasileños salen de la selva, el Presidente debió darse cuenta de que estaba diciendo una barbaridad. Porque el Presidente es su palabra también Y es tal la volatilidad y la levedad de la palabra presidencial que así como cambia de opinión no calibra que el poder no le da licencia para decir cualquier cosa y tener razón. Y que su palabra legitima su poder. 

Y si usa su palabra como una moneda falsa, que cambia según la ocasión, eso también habla de el. El Presidente se degrada a sí mismo cuando ofende. Y también nos avergüenza porque representa al país al que todos pertenecemos. Y cuando muestra que no registra el peso de lo que dice como si no tuviera la obligación de la consistencia, nos hace preguntar lo que nos preguntamos desde que llegó al gobierno: ¿Quién es el Presidente? Porque si los argentinos venimos de los barcos, queda claro que Alberto viene de Cristina y nada más que eso. Pero fíjense que ayer se repitió lo mismo que ocurrió cuando el Presidente estuvo en Francia.

 En ese momento, Alberto Fernández se declaró europeísta ante Emmanuel Macron. Ayer hizo lo mismo ante el jefe del gobierno español y terminó usando esta otra frase desafortunada. Voy a tratar de describir esto que quiero decir con una anécdota que contó el otro día Teresa Calandra en el programa PH al que fui invitada. Calandra contó una anécdota divertidísima de Roberto Giordano, diciendo que a cada provincia que iba con sus desfiles le decía al gobernador local que estaba en la provincia del próximo presidente de la republica. 

 Y yo hoy pensaba que el Presidente es como Giordano. Va y habla a la medida del interlocutor. Habla ante Putin y dice que el capitalismo fracasó. Habla ante Macron y se declara europeísta y dice que Francia expresa lo mejor del capitalismo. ¿En qué quedamos? Esta contradicción la señaló el colega Jaime Rosemberg en La Nación el domingo pasado. Y ayer lo hizo de nuevo Alberto Fernández: ejecutó su habilidad para la obsecuencia sin medir daños. Y tuvo que salir a pedir perdón porque del ridículo no se vuelve. Pero pedir perdón, dentro de todo, es un acto de grandeza. Hace un rato Jair Bolsonaro puso una foto suya con una tribu amazónica al parecer y escribió en mayúsculas SELVA con un signo de admiración, haciendo de la descalificación del presidente argentino una muestra de orgullo por esas poblaciones.

 Miren que hay que hacer un gran esfuerzo para que Jair Bolsonaro te corra por izquierda. Hay que llegar hasta ahí. En lo que corresponde al sentir de nuestro país, el Presidente con sus dichos de ayer no sólo borró a los pueblos originarios sino que fue falso al invocar a la Argentina de la inmigración. Porque esa Argentina representa en gran parte la impronta de trabajo duro, de mérito y de progreso que su gobierno se encarga de intentar destruir cada día un poco más. 

 Si al Presidente le importaran los valores de quienes vinieron con un brazo adelante y otro atrás en los barcos a poner lo mejor para hacer de esta tierra su hogar, ese espíritu se notaría en sus políticas. Y la verdad es que no se nota. Y lo único cierto es que los nietos de los que vinieron en los barcos se están yendo en avión porque el gobierno de Alberto Fernández no deja de expulsarlos.

 *Editorial de Cristina Pérez en “Confesiones en la noche” - Radio Mitre

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