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domingo, 11 de julio de 2021

Alejo, el mestizo que lideró a los mapuches contra los conquistadores españoles



 

La llamada Guerra del Arauco fue un continuo dolor de cabeza para la Monarquía Hispánica, hasta el punto de que a veces se hacen comparaciones con lo que supuso la del Vietnam para EEUU. Aunque los primeros españoles pisaron la región en la expedición que realizó Diego de Almagro en 1535, la dureza del clima y el paisaje, la falta de metales preciosos, la escasez de tierra cultivable, la ausencia de una civilización del nivel de la inca y la hostilidad de los indígenas llevaron a abandonar el lugar, al que no se regresó hasta unos años más tarde. Concretamente, fue en 1541 cuando Pedro de Valdivia acometió la primera campaña de conquista propiamente dicha. Pese a un inicio victorioso, en el que logró derrotar e incorporar a sus filas a los picunches en una expedición al sur del país, la Araucania (situada entre los ríos Itata y Toltén), los mapuches o araucanos ofrecieron una resistencia feroz. 

Se fundaron ciudades como la que lleva su nombre más Concepción, La Imperial, Villarrica o Los Confines, pero en 1553 una desastrosa derrota en Tucapel, en la que Valdivia en persona perdió la vida, marcó un punto de inflexión. La región se vio envuelta en una larga y sangrienta guerra en la que los conquistadores no lograban imponer su autoridad ni los indios librarse del invasor. Se sucedían los caciques (Michimalongo, Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Peteleguén, Loble, Millalelmo, Illanguelén), igual que lo hacían los comandantes y gobernadores españoles (García Hurtado de Mendoza, Francisco de Villagra, Pedro de Villagra, Rodrigo de Quiroga), alternando unos y otros triunfos con derrotas, períodos de guerra con otros de paz. 

En 1575, tras uno de estos últimos que apenas duró cuatro tensos años, se volvió a las armas. Los españoles iniciaron entonces una campaña en la que descubrieron un fenómeno inédito hasta la fecha: varios soldados mestizos se pasaron a las filas enemigas, descontentos con la postergación que recibían a la hora de los ascensos. Entre ellos figuraban Alonso Díaz (alias Paineñamcu, llegó a ser elegido toqui -general, al cambio- por los mapuches) o Juan de Lebú (un mapuche capturado y bautizado que escapó a la primera oportunidad), pero aún faltaba tiempo para que entrara en escena el más famoso. Fue ya a mediados del siglo XVII, durante el reinado de Felipe IV, después de que las sucesivas campañas dirigidas por Alonso de Sotomayor y Martín García Oñez de Loyola no obtuvieran resultados definitivos y una nueva rebelión mapuche en 1598 propiciara el Desastre de Curalaba, en el que un campamento español fue asaltado por sorpresa terminando en masacre y propiciando que todo el país, enardecido, se alzara en armas.

 Los españoles tuvieron que evacuar varias ciudades hacia el norte del Bio Bío, la frontera natural, y poner fin a su expansión hacia el sur durante unos años. Era necesario dar un giro a las cosas y para acometer las siguientes campañas se creó un ejército profesional financiado por el Virrey, los Tercios de Arauco, formados por alrededor de dos millares de soldados bien equipados y entrenados, muchos de ellos veteranos de las guerras europeas, que al término de su servicio recibían tierras para asentarse. Pero aún así, los mapuches siguieron con su resistencia a ultranza hasta 1639, en que mermados por la presión militar de Francisco López de Zúñiga y una serie de epidemias, y desanimados por augurios negativos (la erupción del volcán Villarrica), aceptaron negociar. En los llamados Parlamentos de Quilín, entre 1641 y 1646, se acordó reconocerles su independencia y  tanto de esclavitud como de servidumbre, siempre que admitieran la evangelización y el establecimiento de comercio entre ambas partes.

 En realidad ni españoles ni indios eran sinceros; los primeros aprovecharon el período de paz para apresar a varios loncos (caciques) y los segundos para recuperarse de las adversidades y rearmarse. Por eso se desatarían otra vez las hostilidades, como siempre seguidas de nuevas negociaciones. Y en este contexto entra en escena el mestizo Alejo. Era hijo de un lonco mapuche y de una española que había sido capturada en una emboscada al encomendero Alejandro de Vivar del Risco, cuando éste regresaba sin escolta a Concepción tras visitar a su hermana en una de las estancias de la familia.

 La columna se vio interceptada cerca del río Laja por un malón, es decir, una de las razias que partidas de indios a caballo realizaban esporádicamente a imitación de las que hacían los blancos, que las llamaban malocas. El nombre de la mujer era Isabel y sus captores se la regalaron a Curivilú, cacique de Angol, una localidad de la Araucania donde Valdivia había fundado la ciudad de Los Confines y que además fue el escenario de la mencionada Batalla de Tucapel, en la que perdió la vida. Meses después tuvo con él un niño al que ella llamó Alejo, diminutivo de Alejandro, que los mapuches convirtieron en Ñamku por similitud cacofónica; la palabra significaba aguilucho. 

 Se calcula que el nacimiento tuvo lugar en torno al año 1635 y el pequeño creció con los indígenas durante un lustro, hasta 1640, cuando una maloca española mató al lonco y rescató a Isabel y su hijo. Usar el término rescate es muy relativo porque, al igual que se ve a veces en algunos westerns, la presencia de aquella mujer en Concepción no fue bien recibida; pese a que su convivencia con los mapuches no había sido voluntaria, el concubinato con Curivilú y el fruto de éste, Alejo, la señalaban de forma infamante. 

Por ello, ingresó en un convento y el niño quedó a cargo de la familia Vivar del Risco. Así, de una primera educación indígena pasó a otra cristiana. Siendo mestizo, una de las castas bajas de la sociedad, probablemente no tuvo una juventud fácil y por ello, al cumplir cierta edad, optó por alistarse en el ejército, un estamento donde aparentemente las diferencias tendían a ser más borrosas. Como al parecer era inteligente, aprendió el manejo del arcabuz y tuvo una actuación destacada en la Batalla de Conuco, librada el 20 de enero de 1656 por la tropa del recién nombrado gobernador Pedro Porter Casanate contra los mapuches de la zona, infligiéndoles cuantiosas pérdidas con la ayuda, cómo no, de la providencia: la aparición de San Fabián, en cuyo honor se levantó un fuerte homónimo. Ilustración de una edición decimonónica de La Araucana/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons Alejo esperaba un ascenso por sus méritos, pero chocó contra la cruda realidad de que éstos estaban reservados a los blancos. Fue la gota que rebosó su paciencia, tras años de aguantar las humillaciones suya y de su madre; desertó de las filas españolas y se fue en busca del poblado donde nació. Su padre había muerto dos décadas antes, pero le acogió otro cacique amigo, Huenquelao, a cuyo servicio se puso de inmediato.

 Recuperó su nombre indígena, Ñamku, y empezó a instruir a los conas (guerreros) en las tácticas militares de sus enemigos, tal cual hiciera Lautaro un siglo antes: cómo protegerse de las armas de fuego, la forma de enfrentarse a la caballería y el procurar capturarle cañones al adversario para aprovecharlos. Contando con su carisma y la experimentada ayuda de un jefe cona llamado Huenchullán, organizó un verdadero ejército y desarrolló una serie de acciones guerrilleras durante las cuales lo mismo asaltaba caravanas que apresaba soldados de patrulla, robaba armamamento (o reses) e incluso introducía un nuevo e ingenioso arma: una honda con la que lanzar proyectiles incendiarios. Así, Ñamku se convirtió en el primer toqui (caudillo) que no era enteramente mapuche y estaba listo para su primera batalla.

 Encabezando a un millar de hombres, resultado de lograr una coalición de mapuches con cuncos, pehuenches y picunches, cruzó el Bio Bío para enfrentarse a los huincas, nombre con que se conocía a los españoles y que significaba algo así como nuevos incas, en alusión al intento de conquista que éstos ya habían llevado a cabo antaño. El choque se produjo en San Rafael, cayendo sobre los doscientos soldados de Pedro Gallegos. Éste se atrincheró en un promontorio mientras esperaba refuerzos del Fuerte Conuco, pero no pudieron llegar y al final sólo sobrevivió una decena de españoles, destinados a ser sacrificados o canjeados por prisioneros. 

 A esa rotunda victoria le siguió en 1660 la de Los Perales, en la que derrotó a los dos centenares y medio de efectivos de Bartolomé Pérez Villagrán. Pero ahí se acabó la racha. Un ataque a las fuerzas de Bartolomé Gómez Bravo acabó en fracaso y luego el gobernador organizó una columna de mil doscientos hombres con la que reforzó a la guarnición del Fuerte Conuco. Con ella rechazó una masiva carga de la caballería mapuche para después hacer una serie de malocas en las que devolvió aquellos primeros golpes dados por Alejo, quien tuvo que refugiarse en las montañas. A finales de 1660 los mapuches acumulaban más de seiscientas bajas entre caídos en combates y afectados por una epidemia de viruela, por lo que el mestizo ya sólo podía contar con unos trescientos conas para un plan tan ambicioso como osado: tomar la ciudad de Concepción. 

Demasiado ambicioso, quizá, y no lo logró; no por la defensa que ofreció Juan de Zúñiga, ya que su fuerza era inferior numéricamente y cayó en el intento, sino por uno de esos misterios que tantas veces hemos visto a lo largo de la Historia. En efecto, estando Concepción a su merced, renunció a asaltarla, tal cual pasó con Aníbal o Atila ante Roma. Como en esos casos, leyenda y realidad se confunden y se cuenta que fue su propia madre la que dejó el convento para entrevistarse con él y rogarle que desistiera de su objetivo. Es posible que, pese a la victoria sobre Zúñiga, hubiera sufrido demasiadas bajas como para adueñarse de toda una ciudad, pero la decisión de Alejo no gustó y cuentan que mató con sus propias manos a Huenchullán cuando éste se la recriminó públicamente. En cualquier caso, Concepción se salvó; en cambio, se aproximaba el final de Alejo. 

 Y no llegó de manos españolas ni en batalla. Fue en 1680, en una muerte triste y patética, asesinado por dos de sus concubinas que aprovecharon que dormía borracho para coserlo a puñaladas, celosas de que hubiera convertido a dos rehenes blancas en nuevas esposas. Paradójicamente, las autoras del crimen huyeron junto a las españolas y se entregaron al gobernador, quien les concedió una pensión vitalicia. Mientras, Alejo fue enterrado cerca del río Laja y era sucedido en el mando por otro mestizo llamado Misqui; incluso otro mestizo Alejo se levantaría en 1738.

 La Guerra del Arauco aún daría coletazos, pero la rápida captura y ejecución de Misqui constituyó el principio del fin. La viruela y el cansancio hicieron mella, siendo importante también la real cédula de 1683 que exoneraba a los indios araucanos de la esclavitud, por lo que las rebeliones fueron poco a poco espaciándose más. Eso no quiere decir que no hubiera estallidos violentos y se produjeron varios de importancia, como los de 1712, 1723, 1759, 1766, 1769 y 1792; pero la tendencia entre mapuches y españoles fue a coexistir, tratando de ahogar en lo posible la tensión. Luego llegó la Independencia de Chile, pero ésa ya es otra historia y no precisamente mejor para los indios.

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